Todo pasó tan rápido que a veces no sé cómo tenemos tanta suerte. Pensar un tema, entrar al día siguiente a Internet, buscar algo en Google, un mail, una llamada y tener el principio de un trabajo todo resuelto.

Al llamar al celular de Alejandra Campero me atendió un chico que me pidió que volviese a llamar en cinco minutos. De fondo se escuchaban diferentes voces y teléfonos sonando. Al rato, volví a intentar. Me atendió una mujer con acento centroamericano aunque no pude descifrar de qué país era. Efectivamente era Alejandra. Muy simpática, se mostró más que dispuesta en ayudarme con lo que buscaba. Me preguntó cuál era nuestro interés en 10en8 y me invitó al encuentro que tenían esa tarde en “Algún Lado Bar”, en Palermo. Durante la  conversación telefónica Alejandra me pidió que espere varias veces. Podía escuchar cómo ella explicaba el servicio que brindaba: “Quédate tranquilo, que yo te anoto, ¿tu mail? ¿Me dijiste que era “platino” arroba qué?”…Mientras, yo pensaba ¿qué clase de persona puede ponerse platino de mail? Me despedí de Alejandra como si fuese una amiga de toda la vida y mande un mail a las chicas contándoles las novedades.

Llegamos al lugar a las siete en punto, después de un largo viaje en subte, diversas combinaciones, una pequeña desorientación con las calles y un taxi. Entramos y nos recibió Analía, una rubia de unos veintitantos. Nos llevó arriba donde finalmente conocimos a Alejandra. Con ese calor latino que tanto caracteriza a nuestros vecinos bolivianos, nos saludó y se mostró feliz de conocernos.

Teníamos que estar ahí a las siete en punto, pero se nos hizo un poco más tarde. No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar. Llegamos y rápidamente preguntamos por Alejandra. Nos hicieron pasar y lo primero que pudimos ver fueron muchas mesas y hombres sentados en ellas. Rápidamente me entró el pánico. Mi abuela esa tarde me había llenado la cabeza con cosas que podían llegar a suceder y todo pasó por mi mente en ese instante. Subimos las escaleras y ahí estaban las mujeres. Entonces apareció Alejandra Campero que estaba hablando con unas de sus clientas y se nos acercó. Nos dio la bienvenida y se presentó. “En ningún momento digan que son estudiantes de periodismo y que están acá haciendo una nota. Ustedes vinieron a ver cómo funciona 10en8 porque la semana que viene va a haber uno para gente de su edad”, nos dijo y pasamos a ser una especie de espías encubiertas. Nos arrinconamos todas en una mesa y nos dejó para hablar con una de las mujeres: “mi amor, si te gustan los diez, pones los diez, no hay problema, el único problema que vas a tener es con tu agenda”. Risas.

Alejandra es corpulenta, de pelo muy oscuro y extrovertida. Todo en ella hace que no puedas darle un no por respuesta. Nos esperaban, sabían que íbamos a observar y nos propusieron mezclarnos con la gente que estaba para las citas. Entre las chicas escuchamos los consejos sobre cómo parecer amable, pasar un buen momento y no tener prejuicios, algo ajeno, así como una guía inservible sobre como encontrar el amor. “A una rosa hay que deshojarla lentamente”. Ser atrevida, “Todavía funciona el truco de la lapicera”, dijo Alejandra, y tiró la lapicera al piso para agacharse de una forma poco sutil.

Luz tenue, velas encendidas en cada una de las mesas, mesas con números, perfecta organización.

Mariel había llegado ahí por una amiga, como todos, y solita en la esquina esperaba para que le tomaran los datos. Contó que algunos de sus amigos se rieron de ella cuando hablo de lo que iba a hacer, y que recordaron las citas de cinco minutos de una película hollywoodense.

Teníamos una mezcla de nervios, ansiedad, extrañez. Alejandra nos dividió por todo el sector para poder interactuar con las participantes. La sentaron a Lu por el fondo, a Nati por otro lado y Flor y yo nos quedamos juntas. Nuestras miradas decían todo: ¿Dónde nos metimos? Mientras tanto, miraba al resto de las chicas para ver qué hacían. Habían comenzado a hablar con las mujeres que tenían a su alrededor.

Luego, vino Alejandra y nos presentó a una persona para que se sentara con nosotras: Eugenia, una habitúe de las “Speed dating” o “citas rápidas”. Había llegado hasta ese lugar por recomendación de un amigo, al “igual que nosotras”, o eso se suponía. Flor no paraba de inventar historias y yo no sabía qué decir. Miraba, en silencio, con una sonrisa por fuera y por dentro trataba de concentrarme para no meter la pata. De las veces que había concurrido, solamente había salido dos veces con personas que se había encontrado ahí. “Quedamos como amigos”. Sin embargo, nos contó que lo de las citas funciona. “Además está todo muy organizado, y tenés que tratar de no perder tu oportunidad porque nunca más te vas a encontrar con la misma persona. Lo hacen para que siempre conozcas gente nueva”.

Según ella, el nivel de la gente que participa allí es muy alto: “la mayoría son profesionales”. Nos contó que el funcionamiento consistía en que cada mujer se sentaba en una mesa, venía un hombre y a los ocho minutos sonaba una campana y rotaban. Mi duda era: ¿Cuánto podes llegar a conocer a una persona en tan pocos minutos? “Podes saber si es soltero, casado, si tiene hijos, a qué se dedica. Lo básico”, decía Eugenia.

Mientras esperábamos en el sector de “sólo mujeres” a que empezaran las citas, Alejandra me señaló donde sentarme. Estaba sola, Lu en la otra punta y Sami y Flor juntas en otra mesa. Todas las mesas tenían un número, velas y palitos. Había comido por última vez hacía cinco horas, y donde yo estaba sentada tenía a una mujer que no paraba de comerse mis muy anhelados palitos. Uno tras otro, y yo pensando en mi suerte, en cómo estaba ahí sola, en una ubicación que no favorecía en absoluto que pasara la moza ofreciéndome un daiquiri, creyendo que la mayoría de las mujeres me odiaban porque pensaban que una pendeja como yo -y que por eso corría con ventaja- iba a participar en el mismo evento que ellas, y encima sin comida, cuando decidí ponerme a escuchar las conversaciones a mi alrededor.

En eso mi archienemiga me dice: “Vení, negri, acercate, ¿vos por qué estás acá?” Elaboré rápidamente una versión según lo que nos había dicho Alejandra y le comenté que éramos cuatro amigas que habíamos venido a ver cómo funcionaba esto, cuál era la dinámica, porque la semana que viene teníamos pensado venir a uno que se organizaba para gente de entre 20 y 28 años. Me creyeron, bien. Nos pusimos a charlar con un par más de mujeres, y se fue disipando mi creencia de sentirme rechazada, porque era una buena conversación, muy amena. Les pregunté cómo se habían enterado de este evento, al que a Alejandra le gusta llamar “juego”. Mi ya no tan rival (a pesar de que sí, me dejó sin palitos) se quedó pensativa y me dijo que ya no sabía, pero que hacía dos años que venía y le gustaba mucho. Una morocha con rulos me dijo que ella se había enterado por Internet, había visto la página, y esta era su segunda vez.

La charla siguió, temas triviales, hasta que surgió uno que me llamó la atención, porque confirmaba mi visión de este tipo de cosas. Tema: astrología, signos del zodíaco y horóscopo chino. “Yo soy Tauro ascendente en Cáncer”. “Ah, buen ese ascendente hace que seas indecisa”. Yo disimulaba mi risa, pero pensaba en el cliché de buscar coincidencias por tu signo del zodíaco, algo que en lo personal me parece totalmente ridículo.

Éramos cuatro en la mesa, y una comentó algo sobre una fiesta de la llave. Yo había escuchado algo sobre la misma, así que quise conocer más datos. Era dentro de dos semanas, y una estaba re copada en ir, pero no quería ir sola. “¡Vamos juntas entonces! Pasame ya tu mail. Re vamos”. Luego de intercambiar mails, empezaron a hablar de lo difícil que es tener 35 años y ser soltera en una sociedad como esta. “Acá vas a un boliche y están los pendejos de 20 que te miran diciendo qué hace esta mina acá, y alguno de 40, que ni bien ve alguien mas o menos de su edad ya saca los colmillos y vos decís “¡no por favor!”. Es muy difícil conseguir algo en un boliche, por eso están buenas estas cosas. Vos a tu edad te es mas fácil conseguir gente, negri. Nosotras ya no vamos de levante al boliche, no podés. Vas a divertirte, salís chivada”.

Luego me volvió a llamar Alejandra. Miedo. ¿Qué me podía llegar a decir? “La situación es así: dos mujeres me acabaron de mandar un mensaje de texto que no van a venir. Las quiero matar. Pero está la posibilidad de poder meter a alguna o a dos de tus amigas para que vean también cómo es esto por dentro, para que lo vivan. ¿Quién es la mayor?”, dijo. La llamamos a Lu y se acercó con una sonrisa pícara, supongo que pensando “¿qué pasará ahora?” Se reía y no paraba de reírse. Alejandra le planteó lo que pasaba y accedió a participar del Speed dating, aunque se notaba que estaba nerviosa, ya que se le cayó el papel que le acababa de dar Analía, una de las chicas que ayudaba en la organización. “¿Vas a estar conmigo no?”, me preguntó Lu, pero me dijeron que no se podía, que era para estar ahí sola. Supuse que se estaba comenzando a arrepentir pero no podía echarse atrás. Le dieron un nickname (Bukit) y se la llevaron para tomarle los datos. Luego nos quedamos conversando y Flor se paró. Alejandra me preguntó si a ella le gustaría participar así que sucedió lo mismo con ella. Parecía más tranquila y más preparada para mentir.

Alejandra nos llamó, preguntó quienes éramos las más grandes, porque dos chicas le habían fallado y necesitaba llenar el espacio. Me dio un número, un pseudónimo ajeno y una lapicera. La lapicera se me cayó al piso. Flor dijo, “otro trago, necesito otro trago”. “Tenemos 26 años, hacemos cualquier cosa menos ser estudiantes de periodismo”.

Cuando Alejandra me ofreció participar en las citas accedí sin pensarlo. Creí que iba a ser muy fructífero para redactar la crónica. Al poco tiempo, mientras contemplaba el cartelito que debía abrocharme al saco con el nick “Cin” y mi número de participante, empecé a pensar “¿qué estoy haciendo? ¿Dónde me metí? ¿Qué puedo tener en común con estas personas?”. Las dudas y los nervios se apoderaron de mi cabeza. Me tome un daiquiri de fresa lo más rápido que pude para evitar pensar en lo que se venía.

Alejandra pidió que la escucháramos porque tenía que darnos una charla introductoria. Allí nos explicó cómo era el mecanismo a las que íbamos por primera vez. Lo mismo que nos contó Eugenia, pero además nos dijo qué eran y cómo se usaban las hojas que tenían las chicas. Tenían diferentes casilleros: para poner el número y el nickname del otro participante, con algunos datos que le quisieran agregar y le seguían unas caritas muy parecidas a las del msn. La primera tenía unos corazones en los ojos y quería decir que esa persona te había gustado. “Esto no quiere decir que sea el padre de tus hijos, que ya te vas a casar o tenés que empezar a ver muebles para mudarse juntos, solo te gusta”.

La próxima cara era una simple, con una sonrisa, que significaba amistad. “Me gustás como amigo”. Y la última, una cara mirando hacia arriba como diciendo que no había afinidad.

Alejandra dijo que no había que sentirse culposas, “porque las mujeres solemos hacerlo y pensar ‘este me da pena, seguro que ninguna le va a poner la mejor cara, así que yo lo hago’ pero después se van a sentir como en ‘obsesión fatal’ te van a mandar mails todo el tiempo y no vas a querer saber nada.’ También, puede haber alguno que pienses que puede ser un buen candidato para una amiga tuya”. Una vez terminada la noche se guardarían todos esos papeles y el siguiente día hábil estarían publicados los resultados de coincidencia en la página web. Es por eso que decía que en ese momento nadie se iba a ir con un fracaso. Esa noche era para pasarla bien, para divertirse. “No piensen en el trabajo, no traten de meterse en un drama o hacer terapia de grupo, acá vienen a pasarla bien”. Siempre había que estar con una sonrisa. “Es feo que alguien se te acerque y estés con cara seria”. Además, aconsejó que no contaran tanto de su vida. “Tampoco sean un enigma, pero háganse las misteriosas, déjenlos con ganas de saber más”.

Nos hizo apagar los celulares para que no hubiera interrupciones. Contó que los nicknames sirven por si alguna vez se cruzan en la calle con uno de ellos y no quieren saber nada, no les van a poder gritar su nombre. “Y  no te van a gritar florcita de campo”. Dejó unas reglas en claro como no pasar el mail o el teléfono sino que trataran de conversar. Cada tanto, después de una frase graciosa, o de saber a qué se enfrentaban las chicas, nos mirábamos y nos reíamos. Cualquier cosa podía llegar a pasar.

Mientras tanto, observaba lo arregladas que estaban las mujeres, algunas maquillándose, y los hombres abajo muy prolijos, de camisa la mayoría. Había ido con muchos prejuicios, pensando que me encontraría con gente muy freak o muy fea y que iban ahí como último recurso, a lo manotazo de ahogado porque no podían encontrar a nadie por sus propios medios. Me sorprendió desde el momento que entré el tipo de gente que había. Las mujeres con las que pude hablar me parecieron muy simpáticas y extrovertidas. Eran personas que parecían seguras de sí mismas, vi lindas mujeres, lindos hombres también, y todo tan contradictorio a lo que yo imaginaba. Así, de a poco, los prejuicios empezaron a disiparse.

Pasaban los minutos y más mujeres iban llegando, sentándose en las mesas alrededor nuestro. Me sorprendió notar que ninguna era fea fea y que la mayoría eran muy lindas. No me esperaba eso para nada. Tengo que reconocer que iba pensando “acá deben venir fracasados horripilantes”. La realidad fue muy distinta a la especulación prejuiciosa que yo tenía.

Las mesas eran asignadas al azar. Las mujeres siempre permanecían en la misma mesa y los hombres rotaban. Saqué la número doce, por esas creencias estúpidas me alegré de no haber sacado la trece. Bajé al primer piso y me senté donde correspondía. Unos instantes más tarde, llegó “PTrainer3” y me saludó con un beso en la mejilla. Al instante, y no pudiendo evitar la costumbre, me presente como “Flor” lo cual le pareció raro habiendo leído “Cin” en mi tarjeta. Sin embargo, no hizo comentarios al respecto. Me preguntó si era la primera vez que iba. Creo que este era el tema “rompe hielo” ya que muchos iniciaron la charla de esa forma. “Ptrainer” me contó que efectivamente era personal trainer, que trabajaba en la clínica de Cormillot y que era la segunda vez que iba al speed dating. Le pregunté por qué iba y me dijo que todos sus amigos estaban casados o con hijos y que él no  iba a salir solo a bares o boliches, así que esta era una buena forma de “conocer gente para charlar, divertirse o formar una relación”. “Ptrainer” me dio consejos sobre cómo comportarme en las próximas citas: no preguntar sobre trabajo, ni hablar de los ex. Me pareció el más simpático de los que conocí.

Mi primera cita con alguien desconocido fue con “Príncipe10”, mis manos caían sobre la mesa nerviosamente, tapaba mi cuello con una bufanda amarilla y trataba de pensar que era otra persona, no lo estaba logrando. Creo que no pasaron cinco segundos y el tipo ya me pidió el mail (falso), esto era peor de lo que pensaba. Después de escuchar una especie de síntesis de una larga carrera profesional, y mostrarme interesada compartiendo mi árbol genealógico la conversación fue más relajada, y lo supe, lo que me resultaba extraño en esa persona: desesperación.

La segunda fue más fácil, mostrarse interesado, escuchar atentamente, son ocho minutos nada más. El ambiente fue cambiando, menos caracterizaciones, temas más divertidos, recomendaciones de libros, filosofías de vida.

Después vino “Pol”, que me contó que venía desde Ezeiza y su sueño era tener un caballo. Obsesionado del campo, era todo lo contrario a lo que yo soy. La charla fue buena pero no encontré muchas cosas en común entre nosotros.

El tercero del cual no recuerdo el nombre era un hombre barbudo y gordo. Compartí muchos puntos de vista con él y me encantó su forma de pensar. Era muy centrado y coherente. Uno de los más maduros. Quería conocer a alguien y era la primera vez que acudía a un encuentro como este. Me divirtió enterarme posteriormente que las chicas lo apodaron “mafia” porque tenía un lejano aire a mafioso italiano.

Lo que me parecía fascinante era poder definir tan bien a una persona en sólo ocho minutos. Realmente no se necesita más que eso. A veces incluso antes uno ya puede precisar si desea volver a saber de la persona o no verla nunca más en la vida. Es poderosa la primera impresión.

A pesar de que por momentos me mareaba y no recordaba si era Cintia, Florencia, Laura, una psicóloga de 26 o 27 años, descubrí que tenía mucho en común con algunos de los hombres con los que hablé. Charlamos sobre música, cine, trabajo, familia, historia, hobbies, deporte, viajes… También debatimos sobre los prejuicios que hay en la sociedad, el miedo al rechazo que tienen los hombres y muchas mujeres, las nuevas formas en las que se conocen los jóvenes ahora, como redes sociales y chat, las buenas y malas citas que tuvimos, la química que se da con algunas personas y no con otras… pasando desde la infancia que tuvieron los abuelos de Francis, un productor de música de 36 años, en Liverpool hasta los problemas jurídicos que vive Leandro todos los días, un abogado de 32 años que trabaja para el estado y que consideraba el servicio de citas “medio carito”.

“Laraby”, quien eligió su  Nick por un personaje de la historieta de “superagente 86”, me dijo que su hobby era viajar, que había estado en Berlín, México, Chile y Praga. Trabajaba en una radio de locutor.

Debo reconocer que uno de los más creativos fue un muchacho que hizo aparecer una moneda debajo de mi mano cuando vi claramente que la puso encima de ella. El joven ilusionista con apariencia de francés me contó que había estado en algunos programas de televisión haciendo magia.

Quizás una de las experiencias más decepcionantes fue la que tuve con “Principe10”, mejor dicho Martín, un médico de 39 años que aparentaba 50 y que decía haberse especializado en más de cinco ramas de la medicina. Ni bien llegó me pidió el mail. Aunque Alejandra nos advirtió sobre no ser culposas y negarnos a dar este tipo de información si no lo deseábamos, le dije que mi mail era cintiaflor@hotmail.com (por supuesto inventado). Se atrevió a decirme que “si me ponía exigente ahí no iba a encontrar nada” y me contuve de responderle que verdaderamente no quería encontrar nada. A pesar de que le dije que odiaba el deporte prometió llevarme a remar por el tigre. Reí mucho al enterarme de que a Lu le había prometido formar una banda con ella. Este ridículo personaje, que estuvo mirando a Sami y a Nati toda la noche como si fueran la última botella de agua en un desierto, no me hizo pasar un mal momento pero tampoco uno bueno. Era un soltero de Palermo que salía todos los fines de semana con sus amigos y con el que yo no tenía nada en común.

Ya en las últimas citas estaba un poco cansada pero le puse la mejor onda. Disimulé mi agotamiento un poco más que “Serafín”, un soltero de 36 años con acento neutro que me dijo indisimuladamente “estoy cansado de tanto charlar”. A pesar de esto, nuestra conversación fue amena.

Por último, disfruté hablando con “Gaby10”, quien trabajaba en Canal Trece, tenía una empresa de eventos, daba clases en la Universidad de Palermo, hacía teatro, daba clases de kung fu e iba al gimnasio. Sorprendida le dije “hacés de todo” “cocino, lavo y plancho también” me contestó con una sonrisa en la cara. Era un vecino de caballito que me contó cómo era un día normal en su vida. Se interesó por mi edad y dijo que era una nena.

Finalmente, llegó el momento de completar la ficha. A pesar de que me tenté con poner a “Ptrainer3” como amigo, decidí marcar todos los casilleros de “no hubo afinidad”.

La tercera cita fue con “Cage”, un hombre petiso y pelado. Su curiosa historia para empezar a hablar era su pseudónimo. Por supuesto que yo pregunté, esperaba la justificación, este tipo a Nicolas Cage no se parecía ni un poco. Y sí, era eso, siete personas que no se conocían entre ellas habían jurado que tenía algo parecido al actor norteamericano, y él, por supuesto, lo creyó. Tengo que admitir que era divertido, gesticulaba cada una de sus afirmaciones y hablaba sobre las “teorías” que tenía para inferir lo que las personas estarían pensando. Antes de levantarse, cuando estaba sonando la campanita dijo, “me da la sensación de que si te paras debes ser alta”.

“Piraña” me hablo de fiestas, me habló de tragos, yo me amoldé. Terminé con una recomendación del mejor lugar para tomar margarita, “mejor que cualquier lugar de México”.

Creo que en octava cita me di cuenta de la importancia de la seguridad para mostrarse y darse a conocer, la mayoría trataban de tener una historia perfecta de su identidad. ¿Qué es lo que te define en ocho minutos?

Cada ocho minutos sonaba la campana. Los tiempos se respetaban bastante bien, aunque a veces los dejaban estar un poco más. Cuando terminaba el turno se podía ver que la gente no quería levantarse de sus asientos; quería seguir conversando con la persona que tenía en frente. Pero rápidamente, luego de que Alejandra dijera algún comentario, se levantaban y pasaban al lugar vacío que había a su costado. Siempre se debía saludar con un beso en el cachete a la otra persona.

Cada tanto se acercaba Alejandra para hablar con nosotras y para contarnos un poco de su trabajo (siempre que no la necesitaran para hacerle una consulta). Nos contó que este emprendimiento lo empezó a pensar en el 2001, después de haber visto un artículo en el Washington Post donde hablaba de las Speed dating, que habían comenzado más o menos en el año 1999 a causa de una tradición judía. Esto sucedió porque había muchas parejas de judíos casados con católicos y se preguntaban por qué ocurría esto. Y la respuesta fue que los judíos no se conocían entre sí. Entonces comenzaron las Speed dating.

Alejandra pensó: “quiero traer esto a la Argentina”. Algunos amigos le dijeron que eso no iba a funcionar porque el argentino no necesita lugares donde se le establezcan citas, el argentino puede solo. “Pero la verdad que no es tan así, además la soledad es un problema que sigue creciendo y por ahí no porque no tengas propios medios para conseguir pareja sino que hay algunos que no tienen tiempo o no conocen gente”.

Existía ya en varios países pero las modalidades eran diferentes. En algunos las citas duraban dos, tres o cinco minutos. “Yo fui a cada uno de esos países [Estados Unidos, Inglaterra, Canadá] y pude ver lo que mejor funcionaba y lo que no lo transformé”. Ella lo planteó  como “tres horas de diversión”, donde podés encontrar gente para pasar un buen rato. “No lo estoy vendiendo como en Estados Unidos, al estilo ‘encontrá a tu media naranja’ o ‘encontrá al amor de tu vida’. Pero se dio cuenta que el 2001 no era un buen año para realizar el negocio debido a la crisis. “Lo lancé en el 2004 e hicimos varios eventos piloto para ver como salía todo. Pero fue muy difícil primero que la gente se anotara, y que se comprometiera a participar de esto. Por ejemplo, lo de subir los datos a la web para ver si hay coincidencias, primero lo dejábamos a su cargo, pero o no lo hacían o subían sólo los datos de los que le habían gustado, así que ahora lo organizamos nosotros”.

También, nos comentó que tiene una muy buena relación con sus clientes, de mucha confianza. “Pensá que están pagando 120 pesos mucho tiempo antes y recién el día anterior a la cita le decimos dónde queda el lugar”, contó. Además, “desde el primer mail que nos mandan los cuidamos mucho”. Y eso se podía observar mismo en el lugar: cómo los acompañaban a cada uno de ellos, la charla introductoria. Una muy buena organización y mucho afecto. Además, nos dijo que están presentes en todo momento con respecto a las personas. Desde que empiezan a contactarse, en medio del proceso y después. “Muchas personas que se conocen acá se casaron, tuvieron hijos. En octubre y noviembre de este año estamos llenos de casamientos. Otros nos mandan fotos de ecografías. La verdad es muy lindo. Y generalmente después vienen amigos suyos recomendados”.

Ella conoció a su pareja realizando estas citas. “Para mi los clientes son lo primero. Puede venir un bombón, pero yo no hago nada. Pero él me llamó para abrir una franquicia y vino a realizar una cita como prueba”, explicó. Actualmente están comprometidos y próximos a casarse.

Llegó el primero de los dos recreos que se realizan a lo largo de la noche. “Al principio hacíamos todo seguido, pero las personas se cansaban rápidamente”, dijo Alejandra. Las chicas estaban sorprendidas porque no se lo imaginaban así. Los hombres muy correctos, buena onda. “Me llamó la atención que no te hacen preguntas como: qué edad tenés, dónde vivís, a qué te dedicas. Sino que son charlas copadas”, nos contó Flor. Circulamos por el lugar (otra cosa importante que dijo Alejandra. No hay que quedarse en un lugar, sino que hay que hacerse visible para los demás. A veces hay más hombres de los que te pueden tocar o por ahí hay algunos de otro evento y pueden hablar o invitarte a tomar un trago. “Traten de no estar en grupos de muchas mujeres”).

Luego volvimos hacia las mesas y Eugenia me habló: “¿Al final están participando?” No le podía decir nada: sí al final dos amigas sí. Me contó que por ahora no había conseguido nada muy interesante, pero todavía le quedaban seis hombres más. Y que la habían cambiado de evento porque en el otro eran muy grandes. Luego, volvieron todos a sus puestos para seguir.

En el segundo recreo, Flor vino con nosotras y Lu se quedó hablando con una de sus citas. Analía, la que organizaba junto a Alejandra nos dijo: “chicas todo bien, pero al principio no quería participar [señalando a Lu] y ahora nadie la saca de ahí”. Risas.

Alejandra nos contó que también hace eventos y reuniones con jóvenes, pero que es más complicado. “Nos pasa que nos dicen que no hay hombres, pero por ahí se anotan como 40 y mujeres menos de 10. Es más difícil, tal vez porque chicas de su edad están más dedicadas al estudio, a terminar la carrera”.

Por otro lado, nos invitó a uno que se va a realizar el 24 de octubre llamado “lock and key party”, en el cual cada chica va a tener un collar con un candado y los chicos uno con una llave. Durante la fiesta la gente prueba qué llave coincide con cada candado y cuando funciona se le dan a los respectivos participantes “cinco minutos para hacer lo que quieran”. Luego se les da un nuevo candado y una nueva llave.

Al terminar las diez citas, nos volvimos a reencontrar todas y a realizar comentarios de todo tipo. El que más nos llamó la atención fue un señor medio extraño que a Nati y a mí nos estuvo mirando. Ni bien Flor descubrió quién era dijo “sí ese es médico y me dio miedo mal, me pidió el mail pasado los dos minutos de la charla y después el celular” y cuando le dijo a Lu “¿a vos te había dado miedo uno no?” “Sí, el médico”. Todas coincidimos, y lugar donde nos movíamos, lugar donde estaba.

Luego, se nos acercaron diferentes personas para invitarnos a comer, que iban todos juntos a comer a algún lugar, pero no podíamos ir.

Nos quedamos un rato con Alejandra. Se acercó una participante, amiga de una que la había recomendado y que ahora se iba a casar con un hombre que conoció ahí. Luego, Alejandra nos presentó a su pareja y estuvimos hablando un poco con él. Nos contó que hay una organización bastante compleja detrás de todo. Y nos dijo que si hay alguien que falta bastante una vez que se comprometió a ir “va a una lista negra, eso nadie lo sabe, pero es así. Porque no nos está plantando a nosotros, sino que al tener que ser de a pares los eventos, está perjudicando también a los demás”.

La atención fue espectacular, tanto a nosotras como a los demás. Se notaba la calidez de Alejandra, y de que por más que todo fuera un negocio se preocupaba por hacerle pasar un buen momento a la gente y ayudarlas. Se mostró muy amable con nosotras, con respecto al trabajo y si necesitamos también alguna información extra.

Cuando salimos de ahí estábamos como locas, no podíamos entender mucho qué había ocurrido, no creíamos lo que habíamos vivido en esas horas. Un lugar de citas, ocho minutos, mujeres y hombres de la misma cantidad, una campana, las chicas participando, hombres dando vueltas, papeles con caritas del msn, tragos, coincidencias.

Es mucho lo que podés inventar, pero esto es serio, se busca compatibilidad, sinceridad. Encontrás frustraciones, fracasos éxitos, ideas de éxito, de frustraciones y fracasos. En ocho minutos se puede saber mucho de una persona que está tratando de definirse, de contar algo en tan poco tiempo, de decirte algo de lo que es, lo que hace, cómo se siente, o lo que puede ser hacer o cómo sentirse.

Comprendimos que es una nueva forma de conocer gente y que a diferencia de los boliches, no aparece el rechazo. Por más que una persona no te parezca linda o no tengas una buena impresión en el momento que lo ves acercándose, tenés que escuchar lo que tiene para decirte y puede ser algo que te sorprenda. En cambio, en un boliche podes verlo y ya meterle una excusa. “O podes tener un día donde estás de mal humor y podes perderte al amor de tu vida”, concluyó Alejandra. Además, es difícil encontrarse con algún momento para hablar solamente, sin pretender nada más.

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