La empleada se había retirado ya y Marta se quedó sola en su hogar como todos los días a las siete de la tarde.

Su marido trabajaba fuera en un estudio de abogados desde hacía diez años y volvía a su casa a cenar. A Marta no le gustaba cocinar, por eso Susana, la empleada, le dejaba todo hecho. Sólo debía calentar la comida y servirla.

Ella siempre había sido una mujer en una buena posición económica y se había acostumbrado a que los demás hicieran las cosas por ella. Sus padres le habían dado todos los gustos y cuando estos murieron le dejaron la totalidad de sus bienes. Es por eso que Marta no debía preocuparse.

Pasaba sus horas en casas de amigas, en posiciones similares, donde tomaban el té y comentaban los trabajos de sus maridos, lo bien que les iba a sus hijos y los lugares concurridos en las vacaciones. Muchas veces su hogar era uno de los puntos de reunión mientras Jorge, su marido, no estaba. A él no le gustaba llegar cansado del trabajo y encontrar a las amigas de Marta hablando sin parar.

Jorge era un hombre más sencillo, interesado por el dinero, pero no al punto de competir por quién tiene más, como ese círculo de personas que rodeaban a Marta. Le gustaba simplemente disfrutar de los placeres de la vida.

Por eso aquél año habían comprado una casa a estrenar en el barrio privado de Pilar. Sus hijos ya eran grandes y no vivían más con ellos. El lugar era muy lujoso, amplio y muy bien decorado.

Ese día a las siete de la tarde cuando Marta se quedó sola recibió el llamado de su marido que le dijo que seguía en una reunión y no sabía si llegaría a la hora de cenar. Marta, algo sorprendida y desilusionada, guardó la comida que le había dejado Susana en la heladera y se sentó en el sillón. No tenía nada que hacer y Jorge llegaría tarde, así que decidió realizar una de esas reuniones que tanto le gustaban. Llamó a sus amigas y todas confirmaron.

Fue al comedor, sacó la tetera y preparó algunas masas que le habían sobrado del día anterior, en el cual su hija mayor había pasado a saludar. Sobre ese mueble estaba aquella rosa que la hacía sonreír. Hace poco habían cumplido un aniversario más con Jorge y la encontró en la entrada de la casa junto a muchas más, pero sólo esa había sobrevivido. Decidió que  esa tarde se sentarían afuera; era una linda tarde de primavera.

Abrió la puerta que separaba la parte de adentro de la casa con el exterior y comenzó a llenar la mesa con cosas comestibles.

Alrededor de las 7.30 empezaron a llegar sus amigas. Entremedio de las conversaciones, Marta se había olvidado de mirar el reloj.

Jorge, que ya estaba en su auto, se dirigía a su casa sin saber por qué su mujer no atendía el teléfono. Supuso que estaría disfrutando de la noche afuera, tal vez tomando una copa de vino o leyendo algún libro. Cuando llegó, escuchó murmullos que venían desde lejos y se dio cuenta que Marta no estaba sola.

Le hizo señas por la puerta de vidrio y ella desconcertada fue a hablar con él. No se había dado cuenta de lo tarde que se había hecho, pero creyó que Jorge no volvería hasta después. Se pusieron a discutir donde las personas no las pudieran ver. Era muy importante mantener las formas delante de los invitados. En frente de ellos había un espejo y sobre el mueble que se encontraba debajo de éste estaba el florero con la rosa. Marta podía ver el rostro enfurecido de su marido a través del reflejo. Él le seguía hablando, pero ella ya no lo escuchaba. Frente a esa situación se puso a llorar. Jorge se detuvo y observó a su dolida esposa sin saber qué hacer. Al fin y al cabo no era para tanto. Agarró la rosa del florero y se la ofreció como símbolo de paz. Ella sonrió, lo abrazó y volvió a su reunión.

Taller de Escritura Creativa

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