Bajó corriendo las escaleras sin mirar atrás. No podía perder tiempo. El auto lo estaría esperando a una cuadra de aquél galpón. Esperaba que estuviera ahí y que no llegara tarde. Al fin y al cabo lo único que tenía que hacer era conducir ese vehículo destartalado que consiguió por unos pesos, pensó. Miró para todos lados antes de salir por la rojiza puerta que lo había estado acompañando esas últimas semanas.

El peugeot negro estaba estacionado. Caminó despacio como si estuviera contando sus pasos. Abrió la puerta delantera y con un silencio dijo todo.

Se dirigieron al hotel donde se alojaba su compañero. Él estaba de paso, sólo llegó a la ciudad para ayudarlo a realizar el trabajo.

Las sirenas de la ambulancia y de la policía se escuchaban como ruido de fondo, como una música “placentera” para los oídos de aquél sujeto. Murmuró una palabra inconclusa y sonrió. Esa sonrisa tan particular que lo caracterizaba significaba algo. Si alguien lo pudiera haber visto trabajar se hubiera dado cuenta del por qué, pero no. Trabajaba sólo y de no ser así, esto podría haber terminado mal.

Prendió la televisión, siguiendo con su rutina y le ordenó a su compañero que le fuera a comprar algo. Siempre miraba las noticias comiendo y fumando al lado de la ventana. Le gustaba observar el humo mientras se esfumaba con el aire y repetía “somos así, nos desintegramos poco a poco. No somos nada”. Y sonreía.

“Último momento: se encontró el cuerpo de un empresario colgando del techo de un galpón. Fuentes oficiales creen que podría hablarse de un suicidio. Este se convertiría en el cuarto caso en el país”. “Quinto”, agregó el hombre dándole un puñetazo a la cama. Luego se sintió aliviado y sonrió. Todo había salido según lo planeado. Cambió de canal para verse de nuevo, ver el “maravilloso” trabajo que había realizado. Si había una tarea que le gustaba más que el “arte” de matar, era revivir esos momentos. Lo disfrutaba como a nada en el mundo. Tal vez porque no tenía otra cosa, tal vez porque era la única manera de contactarse con lo que más había apreciado en la vida y que ya no lo acompañaba. Pensó en ella y una lágrima le recorrió el rostro. Esa imagen la tenía impregnada en todo su ser. Sintió ganas de matar. Cada vez esto era más frecuente, pero debía controlarse.

Siguió mirando las noticias y allí mostraban imágenes, lejanas, pero claras, del cuerpo sin vida de aquél hombre que se había cruzado en la vida de él. Los recuerdos lo atacaron nuevamente y no pudo salir de ese sitio. Ya no estaba allí. La veía a ella con la soga atada al cuello y con la silla donde se sentaba a comer debajo. Entendía lo que pasaba, pero a la vez no comprendía nada. Toda su vida juntos había quedado en el vacío. Sin embargo, pasó mucho tiempo mirándola, registrando su rostro, sus expresiones y esa sonrisa hermosa de cuando la había conocido.

Apagó el televisor y salió a la calle en busca de su nueva víctima.

Taller de Escritura Creativa

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