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Tantas veces había visto en las películas a la ciudad que nunca se detiene, con centenares de personas yendo y viniendo por las amplias calles, apurados, paseando, llevando su café en la mano; los taxis amarillos, los carteles, las banderas. Y ahora estaba ahí para vivir una parte del sueño americano.

Recién llegada desde Washington, ubicada sobre la 34 y la 7, en la estación de trenes Penn Station, todavía no podía creer que estaba en Nueva York, un lugar con el que había soñado hacía mucho.

No tenía demasiado tiempo para recorrerla, ya que solamente me quedaba por el día, y es por eso que decidí enfocarme en visitar algunos de los sitios más importantes. Nueva York es gigante, y aunque pareciera estar todo cerca, las calles son largas y se tarda en llegar de un lugar al otro (para evitar esto también se puede tomar el metro).

El Empire State, Broadway y el Central Park eran mi objetivo en este pequeño viaje. A pocas cuadras de donde había llegado se encuentra el primero de ellos, el edificio de 381 metros de altura, que por 40 años había sido el más alto del mundo. Asimismo, el Empire State es uno de los íconos de la cultura norteamericana.

Desde allí se llega fácilmente a Broadway, una calle que a medida que te vas sumergiendo en su corazón van apareciendo cada vez más carteles, impresionantes situados en la altura. Este lugar se destaca por la inmensa cantidad de teatros (al estilo calle Corrientes de Buenos Aires), con distintas obras como “El Rey León”, “Chicago”, “Mamma Mía”, “Avenida Q”, etc., entre las cuales actualmente se encuentra “Evita” protagonizada por Ricky Martin y Elena Roger.

Broadway es un lugar en el cual se acumula mucha gente, no solo para ver alguna obra de teatro, sino también para disfrutar del recorrido de sus calles.

Sobre ellas existen, además, distintos locales de souvenirs, de ropa, jugueterías y un negocio de M & M, en donde se puede encontrar toda clase de chocolates.

A su finalización, en la calle 59, se ubica otro de los lugares más conocidos de Nueva York: el Central Park. Este parque público, abierto en 1857, cubre alrededor de 3,41 kilómetros de tierra, un sitio en el cual, si se dan muchas vueltas, se complica un poco saber por dónde salir.

Entre el verde del pasto y de los árboles, se mezclan los visitantes que se adentran en el Central Park para pasear y las personas que van allí a trabajar. Magos, pintores, músicos, son algunos de los que se reunen por hobby o para juntar algo de dinero.

Nueva York combina el anonimato de la multitud con individuos que se destacan, la rutina con la espontaneidad, lo común con el lujo. Es una de esas ciudades que no se puede dejar de conocer, y aunque haya estado simplemente unas horas en aquel lugar, Nueva York me terminó de enamorar.

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