Category: Ficción


Despedida

Salió a las cinco y media de la tarde. Tiempo suficiente para volver temprano a su casa. Sabía que no debía hacerlo, pero todavía no le importaba.

Dobló en la primera calle y acomodó su buzo arremangado. No hacía frío, era plena primavera, pero necesitaba un abrigo. Realizó unas compras en el primer negocio de la cuadra y se dispuso a volver. Ya habían pasado veinte minutos de su salida. Apuró el paso, pero algo la frenó. Una vecina que hacía tiempo que no veía apareció en el lugar. Trató de evitarla, pero fue en vano. Le preguntó por qué un día dejaron de verse, de cruzarse en el ascensor y le dijo que creyó que se había mudado. Odiaba esas preguntas, más bien interrogatorios. No quería dar explicaciones; no quería mencionar palabra alguna. Luego los comentarios llegarían a donde no debían y ella sufriría las consecuencias. Explicó una excusa absurda y continuó con su camino.

Las seis habían pasado. Tenía miedo de volver ya, pero no tenía otra opción (al menos eso era lo que ella creía).

Con cara de pánico tomó el ascensor y paró en su piso. Su pasillo ya era tétrico. Lo único que quería era salir corriendo; no volver nunca más, pero no podía. Había algo en ella que la ataba a ese lugar, a ese hombre que hacía llamarse novio.

Avanzó unos pocos pasos y lo reconoció ahí adentro. Seguramente habría vuelto de ese trámite y estaba con hambre, o cansado, o con problemas. Siempre había una razón de justificación.

Giró la llave de la puerta y escuchó sus gritos inconexos. Si tan sólo hubiera vuelto a su primer pensamiento de que no debería haber salido, hubiese sido todo más fácil.

Pareció no escucharlo y se dirigió con las bolsas de las compras a la cocina. Al fin y al cabo si no hacía esas compras, él no tendría nada para comer. Pero guardó esos pensamientos para sí, como solía hacer habitualmente.

Se arremangó el buzo y dejó entrever los distintos colores de su brazo.  Su piel se tornaba morada en algunos espacios y no había maquillaje que pudiera taparlo.

Se acercó él con una expresión inconfundible en su cara, quejándose por algún motivo inexistente y la comida de la mesada rodó por el suelo. Instantáneamente, ella se agachó para no hacer más desorden. A él no le gustaba. Y si él no estaba contento, nadie lo estaba. Le preguntó por qué había llegado tan tarde si sabía que a las seis estaría allí. Ella siempre debía esperar su entrada. Le procuró que la perdonara, pero se acordó que no tenía acompañamiento para la cena. A él pareció no haberle importado o ella pareció no haber acertado con la respuesta, porque terminó tumbada junto a la comida del suelo. Comenzó a llorar, pero intentó contener las lágrimas. Sabía que eso iba a causar más daño.

Inmediatamente, él expresó las mismas frases de siempre: mirá lo que me haces hacer; esto es tu culpa; yo no quería. Ella meneó la cabeza con aprobación; él la levantó del suelo y se abrazaron. “Prometo no hacerlo más”, agregó, pero las palabras allí no valían nada.

A la semana siguiente, luego de que estas situaciones ocurrieran constantemente, ella salió a sacar la basura. Escuchó que la puerta del ascensor se abría. La vecina que se había encontrado en la calle salía sin motivo alguno al pasillo. En realidad tenía un sólo objetivo, pero ella todavía no lo podía entender. Empezó a balbucear sobre golpeadores, ayuda psicológica, pero ella no concebía por qué se lo estaba diciendo. Explicó no tener problema alguno y se metió rápidamente en su hogar.

La vecina golpeó la puerta, pero ella no quería contestar. “Sé que esto es difícil, dejame ayudarte” gritaba. Ella asustada se encerró en la habitación y se largó a llorar. Sabía que no estaba todo bien, pero no tenía intención de que la situación cambiara. ¿Acaso había oportunidad alguna de que eso ocurriera? No estaba en sus planes. Se calmó y pensó. ¿Qué es lo peor que podría ocurrir si la escuchaba a la vecina? ¿Que le pegaran? Eso ya era habitual. Pero él no lo hacía a propósito, era su culpa. Ella hacía mal las cosas, lo ponía nervioso. ¿Y si no era así? Esas pocas palabras que escuchó le hicieron replantearse toda su vida. Ella ya estaba acostumbrada a vivir así, sabía lo que tenía que hacer, lo que no. Pero tal vez las cosas eran diferentes en realidad.

Miró el reloj y se dio cuenta que él no volvería hasta las seis, como todos los días. Abrió lentamente la puerta y vio a la vecina sentada en el pasillo esperando. Tomó aire y salió. La conversación fue fuerte: hubo gritos, llantos, abrazos. Parecía ser que la vecina era psicóloga y desde su encuentro en la calle no había dejado de pensar en ella, en su extraña actuación. “Es un típico caso de mujer golpeada”, insistió. Además, agregó que las peleas ya se escuchaban en todo el edificio. Ella miraba avergonzada y con ganas de dejar que todo siguiera igual. Las cosas pasaban por algo, y aseguraba que si la trataban así era porque se lo merecía.

La vecina le ofreció un espacio para hablar, para ayudarla. Ella dudo, pero después de todo, nada malo podría salir de allí. Iría en algún momento en el cual su novio no estuviera en casa.

Las semanas iban pasando y ella se sentía cada vez más fuerte. Sin embargo, la situación en su casa no mejoraba. Los golpes seguían existiendo y la culpa le carcomía por dentro.

Las sesiones consistían en devolverle todos sus sentimientos cara a cara para que reaccione. Decirle las cosas que pasaban y la realidad que ella todavía no podía ver. Si no dejaba de justificarlo, nada cambiaría. Pero ella tenía miedo. Tiempo después se dio cuenta. No se trataba de hacerlo sentir bien a él, de consentirlo, sino de no contradecirlo por temor. Temor no sabía de qué, pero el sentimiento estaba allí.

Sin embargo, la vecina le recordó que siempre estaba la ley para apoyarse. Que no debía tener miedo, porque por más de que su novio fuera un golpeador, entendería una denuncia. Pero ella no sabía. Él podía reaccionar de cualquier manera. ¿Cómo vivir con una denuncia de por medio? Ahí estaba el punto. Debería pensar en irse de su casa, en dejarlo. ¿Pero cómo? Hacía tiempo que vivían juntos, él la había “rescatado” de su adolescencia infernal, la había “salvado”. No le podía hacer eso. No sabía cómo iba a poder sobrevivir entre tanta soledad. “A veces es mejor estar solo que mal acompañado”, señaló la vecina recurriendo a una frase tan trillada como verdadera. Con ayuda y compañía iba a poder salir adelante.

Decidió contactar a una prima que tenía viviendo en otro país, que desde que había dejado su casa no habían hablado más. Decidió irse, dejar todo atrás. Decidió. Por primera vez luego de tanto tiempo había tomado una decisión propia, por ella.

Igualmente eso se parecía más a una huida que a una superación. La vecina comprendió que tenían que trabajar un poco más antes de que dejara el país. Fortalecerla para que no le volviera a ocurrir lo mismo en otro lugar.

Con las nuevas medidas y el cambio en la personalidad las cosas mejoraron poco a poco. Él ya no le pegaba, pero trataba de mantenerla a su lado. Sin embargo, su decisión ya estaba tomada.

“Estoy acá sentada en la oscuridad y no sé cómo decir las cosas que pasan por mi mente en este momento. Me voy. No quiero, pero me voy. No me queda otro remedio, no me dejaste otra opción. A veces es muy difícil decir adiós y este caso no es una excepción. Pudo haber sido muy bueno nuestro futuro, pero el presente me ató a ese pasado tan fuerte que juré nunca volver a vivir. Pero no, me equivoqué, te equivocaste otra vez. Me pediste otra oportunidad, pero tomaste los caminos incorrectos que nos llevaron a la destrucción. Me fuiste matando lentamente, poco a poco. Sé que no fue tu intención. Sé que cuando estás bien no sos así. Que te posees y te pones violento, que vos no queres. Pero tampoco intentas cambiar. Con las palabras sólo no se puede. Las acciones valen y no lo pudiste demostrar. Y fallaste. Pero no porque yo te hice fallar. Fuiste vos, sólo vos. Ya tu juego psicológico no me engaña. Ahora las ideas están tan claras. ¡Cómo pude! ¡Cómo pudiste! Todas esas ilusiones quedaron en la nada, pero mejor. No quiero compartir esto así, si no hablo ahora, lo estaría aceptando nuevamente. Y no lo hago, ya no. Una vez que me pude despertar, que pude ver la luz. Y me despido, desde acá, desde la oscuridad, por última vez”.

Dejó la carta sobre la mesita de luz de él. Lo miró durmiendo y recordó todo lo que había vivido. Sufrió y mucho, pero ya lo había superado. Ahora era otra, ahora todo estaba en orden. Cerró la puerta despacio y miró hacia atrás. Su vida recién acababa de comenzar.

Anuncios

Un asesinato misterioso

Bajó corriendo las escaleras sin mirar atrás. No podía perder tiempo. El auto lo estaría esperando a una cuadra de aquél galpón. Esperaba que estuviera ahí y que no llegara tarde. Al fin y al cabo lo único que tenía que hacer era conducir ese vehículo destartalado que consiguió por unos pesos, pensó. Miró para todos lados antes de salir por la rojiza puerta que lo había estado acompañando esas últimas semanas.

El peugeot negro estaba estacionado. Caminó despacio como si estuviera contando sus pasos. Abrió la puerta delantera y con un silencio dijo todo.

Se dirigieron al hotel donde se alojaba su compañero. Él estaba de paso, sólo llegó a la ciudad para ayudarlo a realizar el trabajo.

Las sirenas de la ambulancia y de la policía se escuchaban como ruido de fondo, como una música “placentera” para los oídos de aquél sujeto. Murmuró una palabra inconclusa y sonrió. Esa sonrisa tan particular que lo caracterizaba significaba algo. Si alguien lo pudiera haber visto trabajar se hubiera dado cuenta del por qué, pero no. Trabajaba sólo y de no ser así, esto podría haber terminado mal.

Prendió la televisión, siguiendo con su rutina y le ordenó a su compañero que le fuera a comprar algo. Siempre miraba las noticias comiendo y fumando al lado de la ventana. Le gustaba observar el humo mientras se esfumaba con el aire y repetía “somos así, nos desintegramos poco a poco. No somos nada”. Y sonreía.

“Último momento: se encontró el cuerpo de un empresario colgando del techo de un galpón. Fuentes oficiales creen que podría hablarse de un suicidio. Este se convertiría en el cuarto caso en el país”. “Quinto”, agregó el hombre dándole un puñetazo a la cama. Luego se sintió aliviado y sonrió. Todo había salido según lo planeado. Cambió de canal para verse de nuevo, ver el “maravilloso” trabajo que había realizado. Si había una tarea que le gustaba más que el “arte” de matar, era revivir esos momentos. Lo disfrutaba como a nada en el mundo. Tal vez porque no tenía otra cosa, tal vez porque era la única manera de contactarse con lo que más había apreciado en la vida y que ya no lo acompañaba. Pensó en ella y una lágrima le recorrió el rostro. Esa imagen la tenía impregnada en todo su ser. Sintió ganas de matar. Cada vez esto era más frecuente, pero debía controlarse.

Siguió mirando las noticias y allí mostraban imágenes, lejanas, pero claras, del cuerpo sin vida de aquél hombre que se había cruzado en la vida de él. Los recuerdos lo atacaron nuevamente y no pudo salir de ese sitio. Ya no estaba allí. La veía a ella con la soga atada al cuello y con la silla donde se sentaba a comer debajo. Entendía lo que pasaba, pero a la vez no comprendía nada. Toda su vida juntos había quedado en el vacío. Sin embargo, pasó mucho tiempo mirándola, registrando su rostro, sus expresiones y esa sonrisa hermosa de cuando la había conocido.

Apagó el televisor y salió a la calle en busca de su nueva víctima.

Taller de Escritura Creativa

unnombreparaelblog11@blogspot.com

 

La rosa de la paz

La empleada se había retirado ya y Marta se quedó sola en su hogar como todos los días a las siete de la tarde.

Su marido trabajaba fuera en un estudio de abogados desde hacía diez años y volvía a su casa a cenar. A Marta no le gustaba cocinar, por eso Susana, la empleada, le dejaba todo hecho. Sólo debía calentar la comida y servirla.

Ella siempre había sido una mujer en una buena posición económica y se había acostumbrado a que los demás hicieran las cosas por ella. Sus padres le habían dado todos los gustos y cuando estos murieron le dejaron la totalidad de sus bienes. Es por eso que Marta no debía preocuparse.

Pasaba sus horas en casas de amigas, en posiciones similares, donde tomaban el té y comentaban los trabajos de sus maridos, lo bien que les iba a sus hijos y los lugares concurridos en las vacaciones. Muchas veces su hogar era uno de los puntos de reunión mientras Jorge, su marido, no estaba. A él no le gustaba llegar cansado del trabajo y encontrar a las amigas de Marta hablando sin parar.

Jorge era un hombre más sencillo, interesado por el dinero, pero no al punto de competir por quién tiene más, como ese círculo de personas que rodeaban a Marta. Le gustaba simplemente disfrutar de los placeres de la vida.

Por eso aquél año habían comprado una casa a estrenar en el barrio privado de Pilar. Sus hijos ya eran grandes y no vivían más con ellos. El lugar era muy lujoso, amplio y muy bien decorado.

Ese día a las siete de la tarde cuando Marta se quedó sola recibió el llamado de su marido que le dijo que seguía en una reunión y no sabía si llegaría a la hora de cenar. Marta, algo sorprendida y desilusionada, guardó la comida que le había dejado Susana en la heladera y se sentó en el sillón. No tenía nada que hacer y Jorge llegaría tarde, así que decidió realizar una de esas reuniones que tanto le gustaban. Llamó a sus amigas y todas confirmaron.

Fue al comedor, sacó la tetera y preparó algunas masas que le habían sobrado del día anterior, en el cual su hija mayor había pasado a saludar. Sobre ese mueble estaba aquella rosa que la hacía sonreír. Hace poco habían cumplido un aniversario más con Jorge y la encontró en la entrada de la casa junto a muchas más, pero sólo esa había sobrevivido. Decidió que  esa tarde se sentarían afuera; era una linda tarde de primavera.

Abrió la puerta que separaba la parte de adentro de la casa con el exterior y comenzó a llenar la mesa con cosas comestibles.

Alrededor de las 7.30 empezaron a llegar sus amigas. Entremedio de las conversaciones, Marta se había olvidado de mirar el reloj.

Jorge, que ya estaba en su auto, se dirigía a su casa sin saber por qué su mujer no atendía el teléfono. Supuso que estaría disfrutando de la noche afuera, tal vez tomando una copa de vino o leyendo algún libro. Cuando llegó, escuchó murmullos que venían desde lejos y se dio cuenta que Marta no estaba sola.

Le hizo señas por la puerta de vidrio y ella desconcertada fue a hablar con él. No se había dado cuenta de lo tarde que se había hecho, pero creyó que Jorge no volvería hasta después. Se pusieron a discutir donde las personas no las pudieran ver. Era muy importante mantener las formas delante de los invitados. En frente de ellos había un espejo y sobre el mueble que se encontraba debajo de éste estaba el florero con la rosa. Marta podía ver el rostro enfurecido de su marido a través del reflejo. Él le seguía hablando, pero ella ya no lo escuchaba. Frente a esa situación se puso a llorar. Jorge se detuvo y observó a su dolida esposa sin saber qué hacer. Al fin y al cabo no era para tanto. Agarró la rosa del florero y se la ofreció como símbolo de paz. Ella sonrió, lo abrazó y volvió a su reunión.

Taller de Escritura Creativa

unnombreparaelblog11@blogspot.com